lunes, 20 de octubre de 2014

John F. Kennedy en la Segunda Guerra Mundial

El mandato de John fue punto de partida y llegada para muchos americanos.
Un hombre cargado de controversia, vestido con intrigas y recordado como el regente de un castillo de naipes patrióticos, de esos afianzados, magnificados, en definitiva de los nunca olvidados.
Quizás al recordar el apellido Kennedy, nos venga a la cabeza una lista interminable de misterios, casos sin resolver y medias verdades.
Pero al igual que Arqueología no es solo las pirámides de Guiza, tampoco John Kennedy es solo un 23 de Noviembre aún en el tintero.
Jack, como lo llamaban sus allegados, era y es mucho más que eso. Fue un héroe durante la IIGM, participó en la contienda sin que hoy en día mucha gente se acuerde de ello, pasaba horas mirando en su despacho una maqueta que traía al presente el recuerdo de aquella hazaña como un oleaje fresco, lejano e imperecedero.
Para Jack, había sido mucho más que una página en su vida. Un capítulo imposible de borrar, que por una parte logró la admiración de la gente y sin darse cuenta, por otra parte, fue la tinta de los primeros renglones de su vida política; justo así, a bordo del PT-109 comenzó la leyenda del eterno Presidente John F. Kennedy.


John F. Kennedy con la maqueta del PT-109

Para contaros esta historia, tenemos que dejarnos llevar por la corriente marítima hasta el año 1941, en Septiembre John era aceptado en la Armada estadounidense. Para poder entrar se las vio muy negras, ya que como más tarde se supo, el joven presentaba un cuadro médico muy curioso y complicado. No hay que olvidar que incluso llegó a ser diagnosticado de leucemia. Sus dolencias y problemas de columna habían hecho misión casi imposible la entrada en las filas del Ejército, digo casi porque como bien acabo de decir, finalmente fue aceptado. Pero no fue solo por su constancia, también la ayuda de un amigo de su padre tuvo mucho que ver.
Su etapa comenzó como alférez entre los papeles de una oficina, vivió desde ella el día de la infamia, aquel 7 de Diciembre de 1941 cuando Pearl Harbor sufrió la embestida de los implacables Zero japoneses.
Pero el joven Kennedy quería más, así que no dudo en comenzar una formación mucho más acentuada y efectiva, entró para emprender su andanza en la Naval Reserve Officers Training School, también quiso indagar en el mundo de las lanchas torpederas e ingresó en la Motor Torpedo Boat Squadron School.
Siempre quiso ser profesor y escritor, pero los derroteros de la vida lo habían conducido hasta este punto, fustigado por su padre y casi obligado a renunciar a sus sueños por un halo político impuesto.
Después de su formación, tuvo varios destinos, Panamá y algunas operaciones en el Pacífico, participó en varias misiones, hasta que se ganó un merecido ascenso a Teniente.

Jack estaba destinado a encabezar la tripulación de una de las PT Boat, esas lanchas que sorprendían a los grandes buques y los hacían temblar. Así llegó a comandar su amada PT-109.
El día 2 de Agosto de 1943, Kennedy estaba en una misión nocturna en las Islas Salomón con el fin de atacar el Tokyo Express, y a 23 nudos el destructor japonés Amagiri, con Kouhei Hanami al mando (hundido el 23 de Abril de 1944) embistió sin piedad a su paso la embarcación de Kennedy, partiéndola en dos y cobrándose la vida de dos de sus tripulantes (Harold William Marney y Andrew Jackson Kirksey) de manera inmediata.
Todo queda en llamas, los marineros luchan por su vida en mitad del océano y John nuevamente vuelve a dañarse la columna.
Sin pensarlo dos veces, carga sobre el mismo a uno de sus compañeros peor parado, Patrick H. McMahon que tenía el cuerpo abrasado y no deja solos al resto de los supervivientes. Muy desorientados nadan durante 4 horas siguiendo a John como única salvación, así es como llegan a la Isla Plum Pudding (renombrada más tarde como Isla Kennedy).

Pero para colmo de males, justo esa isla no tiene nada comestible, morirán si no encuentran una fuente de alimento rápidamente.
Es precisamente en ese instante cuando Jack toma una de las decisiones más heroicas de su vida, se adentra de nuevo en el mar, aún bajo riesgo de ser devorado por los tiburones, y nada durante otros 4 kilómetros hasta encontrar Olasana, una isla llena de cocoteros, más tarde pudo llevar hasta allí a los aquejidos marineros, 6 días sobrevivieron gracias a esos alimentos, su valentía les había salvado la vida.
La manera de pedir que los rescataran fue un tanto curiosa, después de ser encontrados por isleños, y de comprobar que era imposible que tan solo con cayucos pudieran moverlos, Kennedy escribió en un coco para llevarlo a la base de Rendova que quedaba a 56 km. Y así fue como la PT-157 pudo rescatarlos finalmente.

El coco original con el mensaje estuvo en su mesa presidencial durante su mandato, ahora lo podemos ver en la JFK Library


Como es obvio la hazaña de John no podía quedar perdida en las noches isleñas, no debía ser arrastrada sin más por el océano, así que le concedieron la Navy and Marine Corps Medal.
Aunque esta no fue la única medalla que se le concedió, también obtuvo el Corazón Púrpura y la de La Victoria. Así como múltiples reconocimientos.

"Por una conducta extremadamente heroica como Oficial Comandante de la Lancha Torpedera 109 luego de la colisión y hundimiento del navío en la Guerra del Pacífico el 1-2 de agosto de 1943. Sin importar el daño personal, el Teniente (entonces Teniente de menor grado) Kennedy luchó sin vacilar contra las adversidades en las tinieblas para dirigir las operaciones de rescate, nadando muchas horas para rescatar y proveer de ayuda y comida a sus compañeros una vez que éstos se encontraban a salvo en la costa. Su valor sobresaliente, entereza y liderazgo contribuyeron a salvar la vida de muchas personas y a mantener las mejores tradiciones de la Armada estadounidense".

Dicen que sus dolores de espalda le resultaban ya insoportables, en el año 1945, antes de finalizar oficialmente la 2GM, John fue dado de baja con honores en la Armada después de una intervención quirúrgica.
Siempre fue un hombre orgulloso de su país y de haber servido a su patria, un corazón americano en busca de si mismo, que encontró la mejor versión del apellido Kennedy.
Sus hazañas se hicieron eco en toda tierra estadounidense y afianzó su carrera política, pero Jack nunca olvidó quién era y de dónde venía. Día tras día volvía la mirada hacia aquella noche del 2 de Agosto, pasaba muchas horas contemplando los resquicios de esa nocturna página de la historia.
Tan orgulloso estaba, que no solo tenía el coco y la maqueta siempre a su vista, también se mantuvo siempre en contacto con el mar, amaba navegar.
Nunca se atribuyó el mérito de sus misiones, bromeaba sobre el barco japonés que colisionó con ellos y decía que solo hizo lo que cualquier hombre de honor habría hecho. Se negaba a regocijar su mérito en la muerte de sus compañeros, demostrando así un verdadero duelo por ellos.

El cine como siempre hace, solo ha querido sacar dinero de todo esto que hoy os cuento en este artículo. Igual que las series de televisión sobre los Kennedy, las cuales han contado lo que han gustado con el único fin de tener audiencia.
Esa maldita palabra por la que cualquiera es capaz de arrasar con la historia, los sentimientos y el honor, audiencia.
También la industria de la juguetería se ha lucrado bien a base de hacer réplicas, me duele ver como algo histórico y heroico que convirtió a John F. Kennedy en héroe de guerra, solo cuente económicamente.

Los héroes de aquel día, John F. Kennedy, Leonard J. Thom, George H. R. Ross, Raymond Albert, Charles A. Harris, William Johnston, Andrew Jackson Kirksey, John E. Maguire, Harold William Marney, Edman Edgar Mauer, Patrick H. McMahon, Ray L. Starkey y Gerard E. Zinser, permanecerán por siempre en las célebres páginas de la historia de los Estados Unidos de América.


Tripulación del PT-109 

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