lunes, 2 de noviembre de 2015

A todos los caídos de España

A veces los constantes caminos de la vida te hacen sentir como un buhonero comerciante de historias, un vendedor sin sueldo que solo desea que alguien adquiera uno de sus capítulos, que ansía ser tan solo un solitario habitante de la espesura que galopa entre las encrucijadas y finalmente sentirse comandante del tiempo, aquel que es capaz de administrar el tic tac de su reloj y convertirlo en el eterno doblar de campanas, ya que nunca sabes cuando podrá dejar de replicar. Así es la vida, un camino endeble, sin una meta, sin un principio, sin un final, tal solo un trozo de camino en mitad de un llano bosque del que debemos extraer su belleza y guardarla en frascos muy pequeños, tan pequeños que a la hora de partir hacia la laguna estigia nos quepan todos en la barca de Caronte, no importa el peso de lo que elegimos guardar, el oro y las riquezas no nos sirven, eso no lo podremos embarcar, debemos bifurcar entre lo intangible y lo tangible, entre lo que no pesa y lo que si, por que al final aquello que no podemos tocar es lo que nos llevaremos a la otra vida.
No poseemos un papiro de conjuros como los antiguos egipcios, las creencias acerca del libro de los muertos quedaron atrás hace milenios, ya no se teme al proceso que atraviesa el alma en el más allá, ese transito ha sido despreciado por las generaciones que han asolado de igual manera los principios básicos morales de la humanidad, haciendo de los humanos seres fríos, y relegando a un tercer y cuarto plano la calidad que debe tener el alma para que Anubis tienda su mano y para que la balanza no deje que la pluma de la verdad pese más que tu corazón. Creencias de antaño que lejos de ser ciertas o no, hacían que el ser humano tuviera un respeto crucial por la vida y por la muerte, cuidando y curando su alma tanto en vida como en la eternidad, asegurando mediante su estancia en la tierra un paso divino y sosegado hacia lo que el hombre no alcanza a ver. Esto ya no es así, el mundo ha cambiado.

Nos encontramos en el siglo XXI, en mitad de lo que pensamos (que lo pensemos no asegura la realidad) que es la época más avanzada de la humanidad, pero lo que no estamos viendo de ninguna de las maneras es el abandono que está sufriendo nuestra alma, la importancia que cobran día a día las cosas banales por las cuales nos dejamos absorber sin ningún tipo de reparo o pudor, es más, si pones algún tipo de inconveniente en esa revolución de sin sentidos que pretende dejarnos el corazón del tamaño de una pasa, entonces eres lo que ahora se cataloga como "antiguo". Quizás el ser humano está perdiendo todos sus valores iniciales, aquellos adquiridos antaño y que nos hacían respetar la vida y respetar la muerte, quizás sea el momento de comenzar a plantearnos lo corta que es la vida y el valor que le damos a las cosas sin ninguna importancia, quizás y solo quizás aún estemos a tiempo de subsanar nuestros errores y tener un atismo de luz en mitad de la penumbra que engulle a la humanidad sin que nadie ponga remedio, tal vez esto no interese a nadie, pero... ¿Qué pasa cuando llega el final? ¿Hemos cumplido nuestras metas?. Creo que la meta no reside en el camino de tiendas que nos han impuesto para recorrer, tampoco en la pasarela Cibeles y mucho menos en la consulta del cirujano que nos promete la belleza eterna, esos parámetros sin sentido alguno solo nos demuestran que hemos perdido todo rastro de sentimentalismo, creando un caparazón hueco del que si salimos nos segarán sin contemplaciones. Todo esto no es nuevo, ni pretendo aleccionar a nadie de conductas impolutas o correctas, pero cuando alguien joven se va de un día para otro sin más, cuando el océano decide cobrarse tres vidas de un solo golpe recordándonos que el agua nos da la vida en cada sorbo y nos la quita cual titán, es en ese preciso instante cuando me doy cuenta que nuestra longevidad no dista demasiado de la de un pequeño roedor, quizás si en años pero no en intensidad, y me hace replantearme el tiempo que perdemos en estupideces, y las veces que dejamos para luego algo que realmente nos llena hacer solo por que no es lo que la sociedad ve bien en ese momento ¿vale la pena irse sin haberlo intentado?. Dicen que la muerte no es el final, solo es el principio, pero en qué punto debemos contemplar esta frase si ya no se da culto a la eternidad, a lo mejor solo es un pretexto para dejarnos manipular, un tipo de morfina que nos termina de adormecer para que en esta vida nunca hagamos lo que deseamos hacer, para que en esta vida solo seamos un borrego más.

José, Saúl y Jhonander, tres personas que se han ido para no volver, por que esa es la realidad, y lo más grave de todo esto es que todavía escucho a ineptos decir que el glorioso Ejército del Aire no vale para nada, esas palabras son un insulto para todos los caídos, para aquellos que dejaron su vida atrás para que la vuestra continuara. Conozco el caso de una persona en contra de la Guardia Civil que por causas del destino tuvo un grave accidente en la montaña ¿sabéis quién fue a rescatarla? aquellos mismos a los que mil veces había despreciado y odiado. Antes de decir tonterías deberíamos plantearnos si el punto en el que estamos es el correcto, observar el fondo de las cosas y ver que detrás de las siglas SAR se encuentran profesionales del tamaño de uno de los gigantes de los cuentos de hadas, personas que no dudan ni un solo instante en hacernos un regalo que pocos apreciarán, aún siendo el más grande de todos en este mundo, su vida. Héroes sin más, héroes que ahora nos cuidan desde las estrellas, por que un piloto nunca muere, solo decide volar más alto.
En honor a todas las personas que se van prematuramente creo que deberíamos pensar si realmente estamos aprovechando nuestra vida para hacer lo único que venimos a hacer en el mundo, ser felices. Por José, por Saúl, por Jhonander, aquellos que se fueron, por cada uno de los caídos que han dado su vida por la nuestra, ahora y siempre, ayer y mañana, deberíamos y debemos empezar a ser felices, con lo que tenemos, sin buscar más, pelear por nuestra sonrisa cada día, eso no lo da un televisor nuevo, no lo da un coche, lo da la pureza del alma, el latir de un corazón libre, por todos ellos, por España, probemos a ser los comandantes de nuestro tiempo, tic tac.

A todos los caídos de España.



1 comentario:

  1. Una entrada muy emotiva que me ha recordado la tristeza que siempre he sentido desde niña cuando morían militares o policías en acto de servicio. Me ha gustado mucho lo de "un piloto nunca muere, solo decide volar más alto". Hay algo en las fuerzas armadas, sean del país que sean, que se queda siempre contigo, un sentimiento de orgullo y admiración que no vuelves a encontrar en ningún otro lugar. Quizá yo lo sienta más por la Marina que por la aviación, pero en el fondo es el mismo espíritu militar que sobrevive en nuestro interior, da igual los años que pasen.

    Un abrazo.

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