miércoles, 18 de mayo de 2016

El lobo y el lobero, guardianes de los caminos

Dicen que no hay mayor historia que aquella que nunca deja de ser contada, por eso hoy quiero compartir con vosotros uno de los capítulos mágicos que componen como retales delicadamente hilvanados la siniestra capa que antaño cubría cautivadoramente las noches de España. Una de esas pequeñas leyendas que casi nadie sabe que de supercherías tienen poco, ya que son el despuntar de la verdad que recorría los caminos como un viejo trovador, intentando cantar las verdades para amedrentar su eco, como si contando los sucesos o episodios en forma de leyenda, la gente pudiera olvidar antes, correr un tupido velo y dejar que el miedo escapase como el último suspiro. Los museos están repletos del legado que nos dejaron las civilizaciones que anduvieron por el mundo antes que nosotros, como el recuerdo de aquellos que moraron pisando la tierra que hoy maltratamos, paseando entre los bosques que hoy talamos, amando el aire que hoy contaminamos, a veces me pregunto si quizás los hallazgos no sean la manera que el tiempo tiene de decirnos que hubo una era en la que los hombres convivían con el planeta tierra sin necesidad de aniquilar todo cuando se mueve a su lado. El ser humano se ha convertido en la involución de la evolución, incapaz de sobrellevar un mundo en el que existan otros seres vivos que no sea él mismo, egoísta, destructor e implacable, así es como nos ve la madre naturaleza.
Se me parte el corazón cada vez que leo acerca de las batidas de lobos, y es entonces cuando leo en los titulares una palabra que a pesar de que su significado está bien ubicado según la Real Academia Española, para mi es casi un insulto, y es que hoy en día a los cazadores de lobos se les llama loberos. ¿Qué es un lobero? no merecen ese calificativo, aquel que arrebata la vida a un animal comprando el derecho a exterminarlo en una sucia y deplorable subasta del Ayuntamiento, no merece ser llamado lobero, tiene otra palabra que comienza por ase y termina en sino. El lobo, ese majestuoso y único animal que me robó el alma siendo una niña, el cual llevo tatuado en mi piel, y al que venero; el lobo, amo y señor de las montañas y caminos.

Desde los primeros siglos después de Cristo, el lobo comenzó a ser demonizado como si se tratase de la reencarnación del mismísimo Satanás, cuentan las leyendas que arropan la tierra de las meigas que aquel que podía sentir en su espalda la presencia de un lobo, se quedaba sin aliento. Cuentan que la Santa Compaña era precedida por un ejemplar de grandes dimensiones, el viento del tiempo ha traído algunas habladurías que dicen que el lobo podía leer tu mente, cuando te miraba sabía qué estabas pensando, cerrando así el cerco sin dejarte escapar. Era tal el alma maligna que se decía que tenían que conducían a los cristianos por malas sendas y los hacían perecer entre sus fauces después de enloquecerlos con pensamientos llenos de odio, maldad, muerte y dolor.
Todo esto no era más que un puñado de falsas acusaciones en un desesperado pero lamentablemente eficaz intento de dejar al lobo en un lugar infernal, como un ser del averno, en ocasiones Vlad Tepes (conocido como el Conde Drácula) también fue vinculado a la figura de un lobo transformado en una temible criatura. De igual manera en España se conocen un sin fin de historias acerca de los hombres lobo, he leído mucho de este tema, y la verdad que en algunos casos es muy complicado bifurcar entre cuentos y realidad, mi familia es de un pueblo de Albacete, y se cuenta que en uno de los pueblos cercanos, las brujas hechizaban a los hombres y con extraños brebajes los hacían enloquecer, echaban espuma por la boca, mordían a los animales, se desgarraban la carne con sus propias manos, quizás esto sea un rastro de lo que antes se conocía como lobishome, algo que muchos aseguraban que se trataba de un hombre mordido por una loba en celo y que terminaban sucumbiendo a la posesión demoniaca, los cuales acababan sus días aullando a la luna en busca de sangre. Sobra decir que no creo en determinadas cosas, tal cual lo son los hombres lobo de manera literal (como nos los pintan en las películas) pero sí creo en los trastornos mentales como es obvio y también en el misterio que guardaban aquellas "brujas" de los pueblos, que nadie sabe cómo, pero todo el mundo les temía.

¿Por qué se demonizó tanto a los lobos?
Algunos autores hablan de una rivalidad ancestral entre el hombre y este animal desde el sedentarismo acontecido en el Neolítico, pero lo cierto es que no distaba demasiado del resto de depredadores que podían suponer un enemigo de naturaleza fuerte y peligrosa para el hombre, la verdadera raíz de este problema surge en el nacimiento del cristianismo.
Numitor rey de Alba Longa, fue destronado por su hermano Amulio, mató a todos sus sobrinos varones y solo dejó con vida a su hija Rea Silvia, a la cual obligó a ser vestal (sacerdotisa consagrada a la diosa del hogar Vesta), contando con la falsa premisa que siendo virgen con voto de castidad no podría tener descendencia, pero cuando Silvia estaba recogiendo agua del río, fue seducida y poseída por Marte, el dios de la guerra había quedado prendado de su agraciada belleza, la joven quedó en cinta y dio a luz más tarde a los gemelos Rómulo y Remo, fundadores de la gloriosa Roma. Amulio consumido por la ira ordenó que los bebés fueran asesinados, pero el hombre que debía cumplir con esa orden no pudo hacerlo, en lugar de acatar lo mandado por el entonces rey los metió en un cesto, Rómulo y Remo quedaron a merced de las aguas del río Tíber, pero el cesto fue a parar hasta una loba que se había acercado a beber, ella los amamantó, trascurrido algún tiempo un pastor los encontró y los crió hasta que fueron adultos y fundaron Roma. De ella, de Luperca, la loba que amamantó a los gemelos, nació en la antigua Roma un culto totémico hacia la figura del lobo, símbolo de los romanos y sello de sus conquistas, por esta razón los cristianos que eran tan perseguidos por los romanos, comenzaron a trasformar la figura del canis lupus en un ser endemoniado que era necesario borrar de la faz de la tierra y al que por supuesto había que temer por encima de cualquier otra cosa, era un esbirro de Satanás, y así lo podemos ver hoy en día representado de cientos de maneras en el patrimonio eclesiástico. El lobo, símbolo de los paganos.


Pero en ocasiones los lobos pagaban injustamente por crímenes que no habían cometido, y lo siguen haciendo (si un perro salvaje ataca un rebaño, no se cobra lo mismo que si no hace un lobo, por lo tanto "siempre es un lobo"), antiguamente muchos crímenes quedaban firmados por los lobos aun sin haberlos cometidos ellos, bastaba con dejar el cadáver en una zona donde se sabía que ellos lo devorarían, se convertían sin saberlo en cómplices del crimen perfecto. Su parte mágica no fue tan difundida, pero igualmente que se cuentan sus leyendas de pánico infundado, también se debe hacer con sus destellos de magia, dicen que el lobo puede conjurar con la luna, tras los aullidos que rompen el silencio sepulcral de las noches estrelladas, se pueden escuchar pequeños sonidos que no son propios de su especie, dicen que son la conjura del lobo. A lo largo de los años, se ha comprobado que estos animales son vistos en las cercanías de los lugares sacralizados, como el espíritu que guarda el camino, llegando a acompañar a peregrinos a lugares santos, lo más curioso de todo es que incluso en sitios ya en ruinas o abandonados, y tratándose de una especie tremendamente territorial, ellos jamás marcan cerca de estos emplazamientos, los lobos continúan mostrando este ancestral comportamiento, sin que nadie llegue a saber porqué lo hacen o qué les conduce a ello. Cuentan que el lobo tiene su propio sistema para comunicarse, un idioma que no todo el mundo entiende, el lenguaje de la noche, la jerga de las montañas, ese argot que solo puede comprender un lobero.

Ermita de San Mauro
Entre los siglos XVI y XIX, los caminos de España eran recorridos por buhoneros nómadas con alma de lobo, aquellos que se autodenominaban conductores de lobos y que los aldeanos conocían como loberos. Se les reconocía por sus ropajes, sus capas exteriores no eran de una tela cualquiera, la piel de un lobo abrigaba su cuerpo, su semblante solía ser serio, impulsivo, agrio, poco afable y en ocasiones hasta huraño, algo que no debe extrañarnos demasiado ya que pasaban hasta 13 años en el bosque sobreviviendo entre las fieras que lo habitaban para formarse como loberos, en soledad, rodeados por las manadas y a merced de los pensamientos enloquecedores que producía el silencio y la rotura del mismo por los aullidos de los siervos de la naturaleza. Tras los años de exilio, buscaba una loba que hubiera dado a luz recientemente, robaba su camada y los lobeznos pasaban a ser una prolongación de él mismo, su tabla de salvación y su medio de vida, en ocasiones era un oficio hereditario. El lobero los criaba como si se tratase de sus propios hijos, se dice que conjuraba con ellos, se hacía el líder de la manada y conseguía que los cachorros no se separaran de él jamás. En edad adulta se convertían en su sombra, fieles y fieros guardianes de su líder, entonces el lobero emprendía su camino, como un siniestro buhonero transitaba los caminos y las encrucijadas de la vieja España, y paraba en cada aldea, era entonces cuando se dirigía a la casa de los pastores, tocaba a la puerta y tras el retumbar estrepitoso del picaporte que segaba el aire, alguien le contestaba "¿Quién va?" a lo que el lobero, inmerso en su trabajo, acompañado por sus lobos, respondía "¿No hay una limosna para este pobre conductor de lobos?", en realidad era sabido por todos que era una manera de extorsionar, si el lobero no gozaba de limosnas o de hospitalidad las fechorías que cometerían sus lobos serían irreparables, por lo que la gente ofrecía cuanto tenía al lobero. En aquella época se tenía verdadero terror a los lobos, tanto que se llegó a ver al lobero como una figura salvadora, a la que los aldeanos ofrecían comida y dinero a cambio de que protegiera sus moradas de la presencia de estos animales, hay un cruce de caminos cerca de Castro Caldelas (Galicia) en la que construyeron una ermita en el nombre de San Mauro, para protegerse de los lobos mediante rezos (después de haber sido abandonada en el siglo XIX, recientemente ha sido rehabilitada). Quizás el miedo al lobero no era otro que la incertidumbre de no saber dónde terminaba el hombre y dónde empezaba la bestia. Pero lo cierto es que a sus espaldas, el lobero venía precedido por una cadenas de hechos con eslabones encajados entre sangrientos acontecimientos, cuentan que una vez un lobero llamó a la puerta de un ganadero, Francisco Rubio, abrió su esposa que mal humorada despachó pronto al conductor de lobos, el hombre no tardó en mandar sus lobos a por el ganado de este matrimonio, sumergidos entre montones de reses (habían varios ganaderos juntos) fueron seleccionando solamente las que pertenecían a los que habían despreciado a su padre y líder, dándoles muerte una por una, llegando a matar cuarenta ejemplares, días después el matrimonio amaneció muerto cerca de su casa, habían sido atacados por lobos, los aldeanos no tardaron en relacionar los hechos con el lobero, cosa que nunca pudo probarse (al igual que todo lo maléfico atribuido a los lobos).
Uno de los loberos más famosos, el lobero de cuenca, fue obsequiado con una oveja, la mató con sus propias manos, se quedó con la cabeza, y fue hasta la ladera de una montaña con el resto del animal, allí la partió en ocho trozos y comenzó a emitir en voz alta unas palabras forjadas en lengua desconocida que nadie supo descifrar, era una mezcla de balbuceo y sonidos que hicieron aparecer entre la maleza a ocho lobos, los cuales acudían a la llamada de su amo para comer, comparecían ante el reclamo del lobero. Algunos dicen que para tener este vínculo tan férreo con los canis lupus, era necesario conocer lo que llamaban el padre nuestro del lobo, algo que no ha transcendido hasta nuestros tiempos lamentablemente (no es lo mismo que la plegaria del hombre lobo, cosa que si aparece citada en algunos textos). Él y el resto de loberos fueron acusados por la Inquisición de brujería y pactar con el diablo (solo así se podía conseguir no temer a los lobos según la iglesia), perseguidos, torturados y ridiculizados, ese fue el fin de los loberos (puedes ver aquí uno de los manuscritos de estos procesos de la Inquisición), pero no todos ellos buscaban la extorsión, había loberos con luz, aquellos que simplemente espantaban a otros lobos de comerse los rebaños, que amaban a sus animales y solo ellos sabían lo que era el vínculo con los lobos, en este lado de los loberos podemos situar a Pere Torrent, también conocido como Pere Cufí en su aldea natal, les Encies (Garrotxa), nació en el 1583, trabajaba como porquero y también era músico, un día vio en la cueva de Cogolls una camada de cuatro lobeznos, quedó prendado y se los llevó, cuidando de ellos diariamente, un día pidió al zapatero de su pueblo que le cambiara la suela a sus zapatos, él se negó y entonces Pere le dijo algo que más tarde le costaría la vida, lo amenazó con que uno de sus lobos lo mataría por la ofensa, desgraciadamente el zapatero fue encontrado poco después medio devorado por un lobo, Pere fue acusado y llevado ante el tribunal de la Inquisición después de ser denunciado ante el mismo por su propia tía, Joana Trias. Tras de un sin fin de torturas, confesó que pactaba con el diablo, y que sus lobos eran demonios (después de semejantes torturas, cualquiera confesaría lo que querían oír), aquellos lobos tenían nombres propios: Vermell, Carrua, Gruanya, Grea, Poca-Llàstima, Burdó, Espardenya y Sergent, llevaban ocho años con él. Eran más de los robados inicialmente a la loba, pero también cabe destacar que los loberos siempre eran forasteros, y Pere era de allí, por lo que simplemente amaba a sus lobos, sin más. Dicen que el día que fue ejecutado en la horca (7 de Noviembre de 1619 en Sant Feliu de Pallerds) los aullidos de los lobos enmudecieron al viento con un lamento sin precedentes.
Los loberos fueron perseguidos después de la Real Cédula del 25 de marzo de 1783: «En lo respectivo a los que se llaman Saludadores y los Loberos, mando asimismo sean comprendidos en la clase de los vagos y tratados como tales...».

El tiempo ha pasado, y el reloj de la verdad no ha hecho justicia al asesinato de Pere Cufí ni al de otros tantos enamorados del idioma del conjuro de la luna, el alma de los lobos. Hoy por hoy se les sigue persiguiendo, cazándolos como si no se tratara de seres vivos, solo simples trofeos que colgar del salón de una morgue llamada hogar del cazador. Pero sus leyendas quedarán por siempre entre nosotros mientras exista un solo ser humano con alma de lobero, como lo fue hace no mucho tiempo el gran Félix Rodríguez de la Fuente, un hombre que supo comunicarse con ellos, ser el líder de la manada y comprender sus aullidos leyendo en su mirada cánticos mágicos mecidos por el ancestral influjo de la noche. ¿Qué diría Félix si viera todas esas fotografías de seres sujetando un lobo muerto entre sus manos con una sonrisa? posiblemente, acabaría llamando de noche a la puerta de alguna de esas casas donde el humo sale como lo hacía antaño de sus empedradas chimeneas y diría aquello de "¿No hay una limosna para este pobre conductor de lobos?", por que lobero no es aquel que decían las malas lenguas que los usaba para matar, lobero es aquel que sabe ver la grandeza del lobo, el enigma de sus huellas y el brillo de su especie, lobero es todo aquel al que durante este humilde artículo se le haya erizado en algún momento la piel. Dedico este texto a las almas de todos aquellos lobos que son abatidos diariamente bajo las armas de los que se hacen llamar "loberos" sin conocer ni siquiera el alcance del significado de esa mágica y única palabra.

"Que el lobo viva donde pueda y donde deba, para que en las noches españolas no dejen nunca de escucharse los hermosos aullidos del lobo" Félix Rodríguez de la Fuente.



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