miércoles, 24 de agosto de 2016

Cuaderno de viaje: Tierras toledanas

Una de las mayores características que etiqueta a la sociedad del siglo XXI es la diversidad a la hora de pensar, sentir y elegir; por ello en cada situación nos basamos en diferentes motivos o razones para decidir qué camino escoger, en periodos calificados por la mayoría como vacacionales no es complicado ver en los escaparates de las agencias de viajes a más de una familia mirando embelesados los carteles publicitarios, y los más adultos de la misma recorriendo el suelo con la mirada sin más fin que el de hacer un ligero cálculo mental con el que vislumbrar si el viaje de sus sueños está o no a su alcance. ¿Qué nos lleva a decantarnos por un destino u otro? cuando yo empecé a mirar viajes, todo el mundo daba por hecho que me iría a pasar una semana al extranjero y yo cada vez que alguien me enumeraba la típica lista de capitales europeas, acababa pensando lo mismo; no entendía (ni entiendo) el motivo para relacionar vacaciones con extranjero, dentro de nuestras fronteras hay verdaderos paraísos, por lo que no veo la imperiosa necesidad de tener que coger un vuelo para disfrutar de unos días de paz. Después de hacer una lista con los lugares que más me gustaría ver por orden de preferencia, me di cuenta que Toledo era la ciudad más nutrida de mis sueños culturales, así que alquilé un precioso ático en mitad de su casco histórico, justamente delante del imponente Alcázar y compré un billete de tren, medio de transporte que me sigue fascinando y transportando a tiempos pretéritos y mágicos.

Atardecer en Toledo desde mi ventana

El viaje en general ha sido un paréntesis en mi vida que yo necesitaba, ahora que he vuelto a casa me atrevería a decir que la necesidad de alejarme de mi entorno cotidiano en soledad por unos días era más fuerte e importante de lo que yo pensaba en un primer momento. La experiencia ha sido realmente gratificante, quizás por la manera de vivir, sin despertador, solo con los rayos del sol, además una de las noches el cielo se puso negro como la boca de un lobo y acabó cayendo una tormenta épica, he de reconocer que estar sola en un ático y escuchar un trueno seguido de un latigazo de luz pues no es nada fácil, el edificio era muy antiguo (de los que tanto me gustan) y la terraza era su mayor atractivo, despertarse y poder sentarse frente al majestuoso Alcázar de Toledo con una taza de café en la mano y un libro de las Órdenes Militares sobre la pequeña mesa de madera no tiene precio. Por las tardes salía a pasear por las laberínticas calles constituidas de solemne piedra, en las que cuando caía la noche se reflejaban las anaranjadas luces de los pequeños faroles, momento que te transportaba sin darte cuenta a la España de Gustavo Adolfo Bécquer, esa patria melancólica, callada, serena y a ratos tétrica. Pero avanzabas un poco más y contemplabas como de la nada, en mitad de una calle, había un portón cerrado a cal y canto con una cadena por que la cerradura original dejó de cumplir su función muchos años atrás y es cuando desde Becquer pasas a la honorable Orden del Temple, la madera sin pulir, los rastros de forja en el portón, esbozar con la mano el contorno de las rejas del pequeño ventanal que lo preside y por momentos te parece estar en otro tiempo, algo que no hemos vivido, pero que la magia de las calles toledanas guardan y nos regalan a los afortunados que sabemos ver más allá de las carísimas tiendas de la calle Comercio (irremediablemente terminé por traerme a casa una gran figura templaria), o de los costosos bares, aquellos que lejos de lo puramente comercial sabemos apreciar los rayos y truenos que envolvieron esa noche al Alcázar de Toledo en un abismal manto de lágrimas. Perdí la cuenta de los lugares culturales que visité, todos los museos que pude, entre los más bonitos están el de la Santa Cruz y la España Mágica, pero el Monasterio de San Clemente con la exposición de las Órdenes Militares no se puede quedar atrás, a pesar de ser réplicas disfruté mucho de las recreaciones que habían preparado; pero yo quiero subrayar en este cuaderno de viaje tres lugares que me han impactado de manera muy especial por distintas razones aunque por una en común, su hechizo:

Posada de la Hermandad

En el año 1476 la Santa Hermandad fue instituida por Isabel la Católica en las Cortes de Madrigal, con este gesto se pretendía unificar al resto de hermandades y con ello crear una sede para proteger los caminos, perseguir a los malechores y hacer cumplir la ley; la Santa Hermandad se puede considerar antecesora de las actuales Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Su jurisdicción tuvo una honorable longevidad, se trataba del primer cuerpo policial tan organizado y estructurado de Europa, hasta que en el año 1834 fue disuelta para dar paso a la nueva institución policial. El edificio al que hoy hacemos referencia fue erigido para albergar la sede toledana de la Santa Hermandad, la gran portada típica de la ciudad con un estilo gótico-mudéjar exquisito, está adornada con el símbolo de la Hermandad, dos ballesteros que protegían y flanqueaban el escudo tallado en madera de los Reyes Católicos de España (ahora se puede ver expuesto en el piso superior de la posada). Sirvió de emplazamiento civil y de uso público, si subimos por las escaleras nos encontramos con un gran salón el cual fue una sala destinada a la celebración de juicios, está decorado con pinturas murales que nos recuerdan que la construcción perteneció a la Santa Hermandad, de nuevo dos ballesteros. También sirvió de cárcel hasta su disolución cuando el edificio fue vendido y transformado en posada. Con lo grande que es Toledo qué motivo podría tener para destacar este enclave como un lugar que se debe visitar, bien pues la respuesta para mi es complicada de explicar, ya que hay cosas que carecen de esos factores que las hacen explicables, pero lo intentaré. En los sótanos la Santa Hermandad tenía las mazmorras, compuestas de tres celdas abovedadas que dan a las entrañas de un patio de luces, para acceder a ellas tienes que descender por una estrecha escalera de piedra, en la que el paso de los años se aprecia con suma facilidad, las fotografías hacia la puerta de una de las celdas las hice desde el piso superior, no pensé que se pudiera bajar ahí, pero estaba equivocada y el muchacho que estaba en la recepción de este actual Centro Cultural me dijo que las mazmorras estaban abiertas al público. Creo que jamás olvidaré la sensación al correr el gran pestillo de la primera celda, al entrar en contacto con el frío metal sentí que el tiempo no había pasado, a pesar de estar a 40º en la ciudad, aquel lugar parecía un frasco hermético del pasado, conforme entraba en la celda todo se volvía más y más silencioso, hasta que al sentarme en el suelo del fondo de aquel emparedado de lamentos, todo fue sepultado por un ensordecedor silencio en el que no se escuchaba ni una mosca; de ese que a veces crees percibir hasta un pitido, el calor cesó, alargué la mano más allá de mi rodilla y con la yema de los dedos acaricié la tierra que se había desprendido de las pétreas paredes. El silencio, la calma, hacían un efecto contrario a lo que suelen transmitir, no había paz. Dicen que los sótanos fueron utilizados para torturas inquisitivas, tengo el convencimiento de que aquellas almas jamás se alejaron de allí.


Despacho del General José Moscardó Ituarte (1896-1956), Alcázar

Esta sobrecogedora estancia estuvo apunto de ser cerrada al público con la aplicación de la ley de Memoria Histórica que irrisoriamente solo afecta al conocido como bando nacional, ya si entramos en los miles de asesinados por los republicanos, eso ya no importa, y hay que escarbar mucho para obtener datos, como es el caso de la masacre que perpetraron en Belchite o la de Paracuellos. Esta ley es la principal culpable que tras el desmantelamiento del antiguo Museo del Asedio de Toledo, partes fundamentales de la historia como la enfermería en los sótanos del Alcázar en la cual se refugiaban los civiles que estaban dentro de la fortaleza durante los continuados bombardeos republicanos, o la cripta en la que se enterraron los caídos durante el asedio (también algunos supervivientes por deseo propio cuando les llegaba la hora final) hayan quedado vetadas al público. Sobra decir que considero esto un atropello hacia la libertad, ya que siendo parte de la historia de España debería permanecer abierto sin lugar a dudas para que se pueda aprender de verdad ese periodo de nuestro país. Me molesta mucho cuando se sigue dando más importancia a unos muertos que a otros, en una guerra realmente no hay bandos, solo víctimas y de manera muy remarcada si hablamos de civiles.

Las camas de la enfermería del Alcázar 

Volviendo al despacho del General, aunque iba con la idea fija de verlo, no pensé que fuera tan impresionante; los techos y las paredes conservan los destrozos de la metralla de la época, así como parte del mobiliario, también está en una urna de cristal el famoso teléfono mediante el cual Moscardó se despidió de su hijo Luis después de que los republicanos lo llamaran diciéndole que o se rendía o fusilarían al joven de 24 años, la conversación que llenó antaño los libros de historia fue así:

- Cándido Cabello (socialista y jefe de milicias de Toledo): Son Uds. responsables de los crímenes y de todo lo que está ocurriendo en Toledo, y le doy un plazo de diez minutos para que rinda el Alcázar, y de no hacerlo fusilaré a su hijo Luis que lo tengo aquí a mi lado.
- Coronel Moscardó: ¡Lo creo!
- Cándido Cabello: Y para que veas que es verdad, ahora se pone al aparato.
- Luis Moscardó Guzmán: ¡Papá!
- Coronel Moscardó: ¿Qué hay, hijo mío?
- Luis Moscardó Guzmán: Nada, que dicen que me van a fusilar si el Alcázar no se rinde, pero no te preocupes por mí.
- Coronel Moscardó: Si es cierto encomienda tu alma a Dios, da un viva a Cristo Rey y a España y serás un héroe que muere por ella. ¡Adiós, hijo mío, un beso muy fuerte!
- Luis Moscardó Guzmán: ¡Adiós, papá, un beso muy fuerte!
Cuando Cándido Cabello vuelve a coger el teléfono el Coronel Moscardó le dice:
- Puede ahorrarse el plazo que me ha dado y fusilar a mi hijo, el Alcázar no se rendirá jamás.

La pared está ataviada con imágenes de la Guerra Civil, pero se pueden destacar especialmente las dos obras de arte que nos muestran al General y a su hijo, dos preciosas pinturas que dejan volar nuestra imaginación. Sinceramente al igual que comentaba con la posada anterior, se trata de un enclave único, cuesta trabajo creer que cualquier persona que entre allí no salga con un escalofrío aunque no conozca la historia del lugar. Siempre he pensado que hay sitios que son capaces de quedarse celosamente con una parte de lo que se vive en ellos, es como si el eco de lo que un día pasó, del retumbar de las botas de Moscardó al caminar por aquellos 25 metros de habitáculo, jamás se hubiera desvanecido entre los años de paz. Nunca he entendido bien el asunto de las energías y no puedo hablar mucho de ello, tan solo puedo dar testigo de lo que yo he podido experimentar y si existe en Toledo un epicentro de magia para quedarse en silencio y escuchar los sonidos naturales que despiden los muebles, o ver cómo la gente ni levanta la cámara, simplemente se sitúan delante de la ventana y contemplan el exterior en silencio, si existe un lugar hechizado sin duda es el despacho del glorioso General, algo que he pensado a lo largo de toda mi vida es que la historia revive cada vez que alguien piensa en ella, y este es uno de esos casos; cuando te quedas a solas te entran ganas de preguntar con audaz inocencia ¿sigue ahí mi General?.


Iglesia de San Román, actual sede del Museo de los Concilios y de la Cultura Visigoda

Nos topamos con este paraíso arqueológico en uno de los lugares más elevados de Toledo, una de las colinas más hermosas, entre sus calles, perdida entre la espesura de las calzadas empedradas pero firme al amparo de la majestuosidad de su fachada. La planta basilical está compuesta por tres naves que a su vez presentan separaciones con maravillosos arcos de herradura califal, están descansando sobre pilares y columnas de origen visigodo y romano a los que se adosan columnas con capiteles. Se dice que su parroquia puede estar documentada desde el siglo XII, el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada consagró la iglesia en el año 1221, cuentan que en ella se coronó rey a Alfonso VIII de Castilla el 26 de agosto de 1166. En el siglo XIII la iglesia tuvo algunas obras, como el nuevo ábside y los frescos (de los que destacaría el Juicio Final) que fueron tapados en el siglo XVI tras la remodelación del ábside de la mano de Alonso de Covarrubias, pero en el año 1940 fueron recuperados (en la medida de lo posible). Actualmente atesora una gran colección de restos arqueológicos de los siglos VI, VII y VIII, que muestran principalmente cómo fue la antigua capital del reino visigodo de Toledo, entre los que destacan cimacios, relieves, muestras epigráficas, pinturas, documentos, una amplia muestra orfebre, y ajuares. El suelo de la Iglesia es un macabro mosaico de tumbas, algo que nunca he hecho es perturbar el descanso de los muertos, no me gusta hablar en los cementerios (ni que decir reírme) y mucho menos tocar las sepulturas, para mi fue impactante cuando llevaba ya un par de horas dentro y al mirar al suelo me di cuenta que lo que estaba pisando eran tumbas, algunas de ellas con el nombre casi desgastado, otras perfectamente legible. Al final de la sala, después de pasar por delante de los frescos y atravesar un pequeño corredor, llegas a una puerta, aquella que conduce al torreón. Se trata de una robusta torre de estilo mudéjar toledano que tiene dos cuerpos superiores en doble campanario, algo completamente espectacular; para poder acceder a su cima tienes que subir una escalera interminable con escalones irregulares, la cual sirve prácticamente de palomar hoy por hoy, conforme vas avanzando se pueden escuchar las palomas sin parar, encuentras huevos a tu paso e incluso plumas, tuve la suerte de ir entre semana de vacaciones, así que estuve sola en muchos sitios y la torre fue uno de ellos. Al llegar arriba ves a vista de halcón todo Toledo, no os puedo describir lo que se siente al sentarte al lado de uno de esos arcos, cerca de la campana, y entre el sonido de las palomas, el del viento y el de tu respiración agitada por el gran tramo de escaleras, encontrarte a solas contigo mismo, sin nadie más. Podría decir sin lugar a dudas que fue uno de los sitios que más me hizo pensar, de esos en los que cierras los ojos y vislumbras todos los problemas con claridad y lo que es más importante, ves nítidamente la solución a ellos.


Dicen que existen dos tipos de viajes, aquellos que disfrutas sin más y los que cambian algo en ti; cuando en el camino de vuelta sacas tu libreta e intentas neciamente plasmar parte de tus sentimientos en un lecho de papel pero la tinta no logra trazar nada, las palabras se quedan en el tintero y solo puedes ponerle la tapa a tu bolígrafo, cerrar el cuaderno, y al levantar la mirada y ver tu reflejo en la ventanilla del tren dibujar una sonrisa, entonces es cuando un viaje te ha llegado a ese que late en tu pecho, sin importar el destino, el dinero, tan solo dándole importancia a las vivencias, por que no es el sitio, realmente es lo que tú consigues ver en él. Quizás Toledo y sus calles lograron cambiar algo en mi ¿el qué? eso da para otro artículo queridos lectores, la semana que viene nos vemos con otros temas y diferentes historias, pero en el mismo sitio y con la misma ilusión.

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