miércoles, 15 de febrero de 2017

John Horwood, crónica de la encuadernación humana

Los riachuelos de historias, mitos y leyendas que han dado cobijo a la humanidad dejando al pasado orillarse en forma de página escrita hoy nos llegan empolvados, perdidos en algún rincón de las más entrañables y auténticas librerías, errantes entre estigmas, etiquetas y condenas, algunos prohibidos a la par que otros impuestos, así son los libros que nos ha regalado el tiempo; gracias a las personas que un día emplearon parte de su vida en esbozar sus ideas con tinta hoy podemos zambullirnos en mil y una noches de papel, a veces no somos conscientes del sendero que llevan recorrido algunas tradiciones o prácticas, en concreto la escritura vive entre nosotros desde civilizaciones ya extintas a las que les debemos la fortuna de poder acariciar un libro y abrirlo sin más.
Aunque muchos otros ejemplares de relatos, documentos y sentencias los han precedido, a nivel personal creo que el grimorio como tal supuso un alto en el camino literario. No es fácil para nosotros comprender muchas cosas que antes suponían la base de algunas artes consideradas tanto mágicas como inacabadas, y digo inacabadas porque aunque los libros esotéricos han hecho referencia sobre todo a rituales y hechizos, es complicado encontrar ejemplares donde también se plasme la consecuencia terrenal de éstos; el cine nos ha mal acostumbrado a pensar que muchas cosas tan solo son una leyenda, pero lo cierto es que los grimorios existieron, concretamente casi todos los que se conocen fueron escritos en la horquilla temporal que se encuentra entre los siglos XIII y XVIII, como peculiaridad hay que destacar sin duda que entre los pigmentos de la tinta con la que los redactaron se encuentra el rastro de la sangre humana, si nos paramos a pensar en libros mágicos seguramente nos venga a la mente el típico tomo antiguo, escrito a mano, cubierto de polvo y alumbrado por el resplandor intermitente y tenue de una vela, estos ejemplares tuvieron su nacimiento en la Baja Edad Media y todavía existe un gran mercado que intenta vender sus traducciones aunque cabe destacar que casi en su mayoría son fraudes que acaban convirtiéndose en estafas millonarias, como por ejemplo los encantadores de serpientes que aseguraban tener una copia del Necronomicón, curiosamente sabes que se trata de una gran patraña solo con conocer un poco la historia, ya que el mencionado libro procede de una novela. Los grimorios auténticos descansan en quijotescas colecciones y algunos están expuestos en museos, dejando al desnudo sus páginas embriagadas de conjuros, artes oscuras, y rudimentarias prácticas medicinales que fueron evolucionando hasta nuestros días.

Bibliopegia antropodérmica, digna sucesora del arte vinculado a la artesanía de los grimorios. Estamos ante la que posiblemente sea la elaboración más macabra y a su vez cotizada que hoy por hoy continua en boga, lejos de ser un mito la base principal por la que se caracteriza esta labor es la de encuadernar libros con piel humana. Precediendo a la finalización de la elaboración de los grimorios a finales del siglo XVIII, se comienzan a encuadernar algunos ejemplares de los libros mágicos con piel procedente de los propios autores, se puede decir que esto se estuvo llevando a cabo desde el siglo XVII hasta el cercano XIX, periodo en el que encontró su máximo esplendor comercial y social. Algunos escritores se han empeñado en atribuir este arte tan solo a una forma de pena mortuoria superando a la propia muerte, y esto se debe principalmente a que en las sentencias a muerte figuraba la posibilidad de que tras la ejecución los reos pasaran a ser el centro de atención en las clases de anatomía, entonces una vez concluida la disección su piel pasaba a encuadernar los libros de anatomía; dentro de esta misma sección del horror tenemos los tomos que recogían entre sus hojas las fechorías y crímenes por los que hombres juzgados eran condenados, si los familiares lo pedían también era encuadernado con su piel y entregado a la familia. Pero tras haber tenido su epicentro en las ejecuciones y los libros de medicina, la focalización de la bibliopegia antropodérmica experimentó una expansión bajo la capa del romanticismo, pasando a elaborar ejemplares que recogían las cartas de amor más amadas dentro de una pareja para posteriormente encuadernar el libro con la piel de los cónyuges, estrechamente ligado a ello también tenemos algún volumen de lectura erótica, que incluso llegaron a forrarse con pezones de mujeres fallecidas; en el año 1866 un despido masivo acabó con el tráfico de piel femenina que se llevaban entre manos algunos médicos parisinos, en ese turbio asunto también estuvieron involucrados los resucitadores, aquellos desalmados que profanaban tumbas para lucrarse de los cadáveres.
La piel humana fue cobrando importancia en las encuadernaciones con el tiempo, erróneamente se ha llegado a pensar que únicamente se trataba de casos aislados, pero lo cierto es que se llegó a encuadernar un gran números de libros que partían de causas como testamentos con la piel del testador, relatos con la piel de sus protagonistas y obras en las que se trataba de homenajear nombres ilustres o reconocer hazañas, por ello no era difícil que la piel de los héroes de guerra y de científicos pasara a fundirse con el papel.
Para poder encuadernar un libro con la piel humana se debía seguir un curioso proceso, en primer lugar se extirparba la piel de una zona óptima para ser curtida, se solía escoger la piel de la espalda, a continuación se sumergía en una fórmula líquida que contenía entre otras cosas alumbre y sal, después el proceso pasaba por secar el retal humano a la sombra, se volvía tan maleable y suave como la piel de cordero y finalmente era cosida a las tapas del volumen escogido con pelo humano.


Existen ejemplares algo más singulares, quizás por su historia particular; entre ellos tenemos el ejemplar de "Los tres mosqueteros" que fue encuadernado con un trozo de piel tatuada en la que se pueden ver dos caballeros de Luis XII  y un corazón atravesado por una flecha, el libro "La tierra del cielo" que el astrónomo y autor encuadernó con la piel de los hombros de una condesa tras recibir en una caja como regalo dicho macabro retal, la mujer estaba enferma y él le había comentado en una fiesta lo suave que aparentaba ser su piel, por lo que la condesa dejó aquel perturbador gesto como última voluntad.
Entre esos libros se encuentra la crónica de un asesinato, la confesión narrada en tinta que nutre el libro de John Horwood. En el 1821 John Horwood, un joven de 18 años natural de Hanham, fue la primera persona ejecutada públicamente en la nueva prisión de Bristol. Había sido declarado culpable del asesinato de Eliza Balsum, una chica de la que estaba enamorado y a la que había amenazado de muerte en repetidas ocasiones. Eliza murió a raíz de una lesión en la cabeza después de que Horwood le asestara un golpe mortal con una piedra. Cuando concluyó su ejecución, el cadáver de John fue diseccionado por el cirujano Richard Smith, durante una conferencia pública en el Bristol Royal Infirmary.
Desde ese momento la cubierta frontal que narra el horror de su crimen es de color marrón oscuro, su propia piel curtida da forma a las tapas de la oscura biografía, fue grabada con calaveras y huesos, donde en tono dorado yacen las palabras Cutis Vera Johannis Horwood, la piel real de John Horwood. El particular tomo se ha conservado durante muchos años en los archivos de Bristol pero el paso de los años ha hecho mella en él y resulta muy complicada su manipulación; actualmente se encuentra dentro de una urna en el M Shed (Bristol).

El libro encuadernado con la piel del criminal John Horwood

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