miércoles, 8 de febrero de 2017

La batalla de Lucena, dueña de Boabdil y su ajuar

La historia de una nación se compone de innumerables resquicios en el tiempo, cimas que esconden una tramoya heroica y en múltiples situaciones ensombrecida por los entresijos palaciegos y las justas mudas entre hombres que creían tener honor contra los que realmente poseían un don innato para imponerse tan solo con el sonido de su voz al desangelado mortal que en ocasiones ligaba su arrogancia teñida de falso honor con su estructura ósea carente de espíritu; así nacieron los hombres que fueron elegidos por una mano invisible para formar el brazo armado de Dios que vio la luz durante la Primera Cruzada y que perduró más allá de la extinción de los Pobres Caballeros de Cristo. Vivimos en una era en la que todo lo que antaño regía el mundo ahora está relegado, no solo a un segundo plano si no estigmatizado por las nuevas corrientes sociales que bajo un nuevo modo de contemplar el deber de la humanidad ahora intentan hacer creer al propio ser humano que todo por lo que el hombre ha luchado no eran más que causas indignas de tener defensores y ha terminado por esbozar figuras como la de los grandes reyes Alfonso I El Batallador, Jaime I El Conquistador, y Alfonso VI El Bravo como auténticos despiadados trazados a carboncillo en las desgastadas páginas amarillentas de cualquier vulgar y sobrecogedor bestiario. Pero nada más lejos de la realidad, ya que gracias (sí, gracias) a los soberanos que con su enguantada mano empuñaron el alma de su espada contra el yugo islámico hoy podemos gozar de una libertad airosa y única, deberíamos echar la vista atrás y comprender la importancia de los capítulos que han vestido los tomos que un día estuvieron desnudos sin pensamientos entintados y que hoy son ilustres libros de historia, tesoros en papel que nos enseñan la grandeza de la tierra que pisamos, el valor del honor perdido y la valentía que junto con el coraje nos da la fuerza para defender aquello por lo que luchamos y en lo que creemos sin importar cómo caerá la noche, el ocaso nunca es fácil, pero alumbrados por las estrellas siempre se puede llegar al nuevo día, pase lo que pase mañana también amanece; así lo creyeron todos los hombres que de una manera u otra mantuvieron su figura firme durante la Reconquista, nombres que serán eternamente recordados como Pedro II de Aragón que cabalgó junto a Alfonso VIII de Castilla y Sancho VII de Navarra hasta el corazón del ejército musulmán en la famosa Carga de los tres reyes con la que se pondría el sello de unión español a las Navas de Tolosa. Cruzados, templarios, caballeros, reyes y españoles, algunos eternos y otros anónimos, pero todos ellos héroes.

Estatua del Cid y Babieca en Sevilla, erigida sobre el quemadero de la Inquisición

Hoy rescato del desván una de esas historias que casi al final de la Reconquista protagonizó un episodio cuanto menos anecdótico, y es que aquellas batallas estuvieron plagadas de datos curiosos, casualidades y oportunidades que en muchas ocasiones fueron hábiles movimientos ajedrezados claramente a nuestro favor, hablo de la captura de Boabdil durante la batalla de Lucena el 20 de Abril del año 1483, donde las fuerzas del bastión nazarí intentaron hacer una incursión sangrienta en el lugar para dar apoyo invisible pero altamente peligroso moralmente a su encarnizada lucha por el poder con su propio padre, algo que sostenía una demencial y eterna lucha dentro del propio Reino de Granada entre los partidarios de Muley Hacén y los de su hijo Muhammad XII (conocido por los cristianos como Boabdil El Chico). Cabe destacar que el verdadero motor de esta batalla fue la victoria con la que se alzó Hacén gracias a la ayuda de su hermano Muhammad XIII El Zagal en la serranía de la Axarquía de Málaga, después de ver cómo sus seguidores habían celebrado la conquista, Boabdil decidió demostrar su capacidad de ser igual o incluso mejor en el territorio bélico que su padre y su tío, de manera que dejándose aconsejar por su suegro Ibrahim Aliatar eligió Lucena para someter a los cristianos, reunió un ejército de ocho mil hombres de los cuales mil quinientos eran jinetes, y puso rumbo hacia las murallas de Lucena. Bajo el mando del alcaide Diego Fernández de Córdoba las almenaras comenzaron a dibujar una columna de humo en el cielo, con la esperanza de que a tan solo 11 kilómetros el conde de Cabra viera arder aquellas hogueras y dispusiera sus huestes para ayudar a su sobrino, Diego pensó con gran astucia en ganar algo de tiempo hasta que la ayuda se atisbara en el horizonte ofreciendo a El Chico negociar, aquella estrategia dio su fruto y cuando el nazarí cayó en la cuenta de que podría quedar atrapado entre ambos ejércitos bendecidos por la cristiandad, optó por retirarse. Puso rumbo a Granada, pero nadie podría haber previsto que las tropas del alcaide y del conde los alcanzarían en la parada que habían hecho para comer algo y descansar en el campo de Aras. Boabdil se apresuró a formar sus tropas para luchar sin más dilación, haciendo frente a los que él mismo horas atrás había decidido importunar.
Estatua de Aliatar en Loja
Destaquemos la valentía de los dos ejércitos aliados que tan solo en la primera acometida dieron muerte a más de una treintena de los caballeros más destacados fieles a Boabdil, pero fue en la segunda carga cuando la cristiandad asestó un golpe maestro a los moriscos, ya que la caballería condujo a los musulmanes hasta el río Pontón de Bindera que en ese instante gozaba de una temible crecida y uno a uno fueron sucumbiendo bajo el poder del agua. En aquella batalla el aclamado Ibrahim Aliatar se encontró cara a cara con la muerte a la par que las patas del corcel de su yerno quedaron hundidas en el fango, haciendo gala de una cobardía insultante, el sultán descabalgó y corrió apresurado para esconderse entre la espesura de la vegetación que rodeaba el paraje, tratando de pasar desapercibido; pero toda historia tiene un héroe y esta vez tenemos la suerte de poder ponerle nombre y apellido, Martín Hurtado fue el infante que vio al soberano nazarí entre los arbustos, Martín únicamente con su pica hizo prisionero a Boabdil aunque no se logro saber la increíble identidad del prisionero hasta pasados unos días, ya que éste se negaba a confesar la verdad. Una banda roja marcó al adinerado soberano como a un prisionero más y fue enviado con el resto de los apresados a las mazmorras del castillo del Moral (Lucena), conforme aquel lúgubre encarcelamiento iba teniendo más moradores musulmanes, la guardia comenzó a ver con sorpresa como muchos de ellos se postraban ante aquel preso, algo que indudablemente contribuyó a la identificación de su verdadera identidad, Muhammad XII.
Entre el conde de Cabra y su sobrino surgieron pequeñas diferencias sobre la custodia del prisionero, pero aquella disputa fue zanjada rápidamente por los Reyes Católicos en cuanto se les notificó la captura de Boabdil, el prisionero fue llevado hasta Porcuna (Jaén) donde fue encarcelado en la que pasó a ser recordada como la Torre de Boabdil, hasta que varios meses después de su confinamiento llegaron a un acuerdo, sería liberado a cambio de mantener la lucha contra su padre y su tío, el rey Fernando hacía honor con este preciso y meditado movimiento estratégico al famoso refrán divide y vencerás.

Castillo del Moral, actual Museo Arqueológico y Etnológico de Lucena

Cuando El Chico fue capturado, a primera vista los soldados sabían que se trataba de alguien con gran poder económico, al menos su atuendo así lo indicaba, toda su indumentaria fue entregada por los Reyes Católicos a Don Diego Fernández de Córdoba en señal de agradecimiento por su gran ayuda en la Reconquista de Granada, el ajuar se compone de vestimenta y armas, actualmente estas piezas forman parte de la colección histórica expuesta en el colosal Alcázar de Toledo que en sus entrañas acoge el Museo del Ejército; a continuación veremos con más detalle este tesoro conocido como El ajuar de Boabdil:

  • Marlota: Esta prenda típica entre la vestimenta morisca de la época recrea la fina filigrana ligada estrechamente con los soberanos que precedieron a su portador. La pieza está realizada artesanalmente con seda, lino e hilo metálico para recorrer sus delicados trazos. Alcanza una envergadura de 103,2 x 155 cm y se caracteriza por su majestuoso tono rojizo, latente en los emblemas coloreados del reino al que perteneció.
  • Babuchas: Sin duda es una de las prendas más características de los musulmanes, hechas con cuero y cosidas hábilmente con hilo de lino, sus medidas son de 24 x 10 x 9 cm.
  • Polainas: Estamos de nuevo frente a dos piezas realizadas en cuero e hilo de lino, esta vez lógicamente son mucho más altas que las babuchas del mismo material y llegan a una medida de 63 x 18,5 cm.
  • Espada jineta con su correspondiente vaina: Una de las piezas más emblemáticas del Ajuar de Boabdil, se trata de la espada atribuida al último soberano musulmán de Granada. Es una espada jineta del siglo XV, realizada en acero, plata dorada, esmalte y marfil con una hoja de más de 90 cm; por otra parte la vaina es de madera, cuero, plata dorada, esmalte y seda, alcanza una longitud de 97 x 7,9 cm. Sobre la pieza podemos leer varias inscripciones, en la empuñadura yacen grabadas alabanzas hacia dios, una de las frases principales dice así: «Él es Dios, Uno, Dios el Eterno. No ha engendrado ni ha sido engendrado. No tiene par». Se destacan las letras rojas sobre los esmaltes verdes, los cuales nos recuerdan a los colores por excelencia vinculados a su dueño.
  • Estoque real y su vaina: Al igual que la espada, el estoque y la vaina están datados en el siglo XV, forjados y rematados en acero, oro, marfil, madera y cuero; su medida alcanza los 99 x 6 cm. En la empuñadura del estoque se puede leer una inscripción nazarí muy utilizada en la guerra santa que dice así «Wa-la galib illa Allah» lo que en nuestro idioma significa: Solo Dios es vencedor, frase que terminó por ser el lema dinástico. El estoque es mucho más ligero que una espada y aun teniendo la misma función, el arma se diferencia en la ligereza como acabo de comentar y en que rara la vez cortaba con su filo, dando así toda la importancia en acción a su afilada punta.

Ajuar de Boabdil 


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