lunes, 15 de mayo de 2017

Arlanza, el cauce del pasado

Al alba de un nuevo día, el cauce de agua que recorre el alma burgalesa otorga el don de la vida a cuanta natura goza del privilegio de dormir a su vera, así pues las corrientes que forman el gran río Arlanza van dibujando 160 kilómetros de verdor sin igual a través del retumbar de su galope entre Burgos y Palencia; es inevitable ir observando desde su orilla como entre los roqueños senderos del valle que conducen hasta sus lindes, se levantan pequeñas construcciones que antaño supusieron el cobijo acomodado y cercano a la mágica Hortigüela, ahora muchas de ellas son devoradas sin rastro de piedad alguna por la maleza en la que relega el paso del tiempo, portones y ventanucos aguardan en silencio un anunciado y predicho derrumbe. Cuesta entender cómo las cosas pasan de tener una importancia casi vital a ser pasto de las generaciones cada vez más presas de la tecnología, esas que acaban haciendo girar la pesada llave dentro de la cerradura y alejándose por la carretera en busca de la modernidad que ofertan las grandes ciudades de España, tal vez sea pura fantasía, romanticismo e incluso me aventuraría a decir que ilusión, pero realmente dudo que exista algo más bello que despertarse con el bostezo del sol entre las cortinas frente al Arlanza; y digo que podría ser tan solo ilusión porque yo misma me encuentro escribiendo esto desde la codiciada y absorbente ciudad, aun así he de reconocer que no hay nada como pasear entre lugares que años atrás estuvieron habitados, tal vez por la sencilla razón de que éstos nos recuerdan tiempos pretéritos que ya marcharon, aunque siempre está en nuestra mano volver a colocar sus vigas otra vez. Hoy os invito a hilvanar un pequeño recorrido por algunos de los mágicos lugares que abrigan al río, esos que con tan solo mirarlos te hacen saber que a pesar de su desangelado aspecto, continúan teniendo alma, vida más allá de un abatido paraje.

Desde el siglo X hasta bien entrado el siglo XIX, Hortigüela dependió en todos los aspectos de la Abadía de San Pedro de Arlanza, cabe destacar que una de las funciones principales que tenían los monjes era la de culturizar a los lugareños, también éstos durante el siglo XVIII tenían el deber de trabajar las tierras pertenecientes a la abadía un día al mes.

Ermita de San Pelayo

Esta ermita permanece en una atalaya única frente al bello Monasterio de San Pedro de Arlanza, como un vigía de la sierra, al borde de un rocoso abismo, la ermita yace desvencijada mientras su grandeza se desploma al pie de su propio suelo, cabe destacar que se diferencian notablemente sus distintas etapas de construcción, siendo éstas prerrománica, románica, gótica y barroca, aunque la más notable es la primera puesto que es la que dio forma primigenia al templo de oración de la mano de Fernán González.
La planta rectangular tiene una medida de 14 x 7,5 metros, sus muros son de un grosor considerable, hechos de pétrea sillería de manera que logran alzar una fortaleza desde este pulmón en la serranía de la cristiandad. Resulta imposible situar en un punto del tiempo el momento en el que por primera vez fue habitado este emplazamiento, ya que a pesar de las leyendas en torno a González, lo cierto es que se han encontrado vestigios de todas las épocas posibles de la historia, así lo demuestra el asentamiento musteriense que dormita pegado a la ermita; por lo tanto no sabemos sobre qué tipo de rudimentario centro de culto está erigida la ermita.
Lo que si tenemos que tener en cuenta es que estamos ante un enclave único con un poder ancestral que todos los estratos de la humanidad han sabido percibir y cuidar, hasta que alguien decidió dejar a su suerte tal lugar enigmático, con el viento y las águilas que vuelan hasta los cerros como única compañía.



Monasterio San Pedro de Arlanza

Dicen que se puede percibir casi lastimero el silbido del viento que recorre la sierra de Hortigüela cuando llegas a este referente del pasado, entre un espeso manto verde, a orillas del río y a pie de la carretera, trazado desde el rocoso suelo, alzándose en la cima del majestuoso arte que siglos atrás engalanaba la mágica España, encontramos un enclave único y salvajemente bello, el Monasterio de San Pedro de Arlanza. Este cenobio fue casa de uno de los pedazos de la cruz donde murió Jesús, el segmento de Lignum Crucis estaba engastado en oro y fue enviado por el Papa Juan XI al conde Fernán González; los Viernes Santos y las Fiestas de la Cruz el paraje quedaba en silencio ya que los poseídos por el maligno caminaban sobre aquella tierra pura para postrarse ante el Santo Madero, bajo la extensa mano de la Orden de San Benito se celebraba una ceremonia en la que el demonio era expulsado de aquellos pobres mortales, convirtiendo el retumbar del monasterio en su última esperanza para su viaje de vuelta a la luz.
El portón castigado pero inmortal del Monasterio de San Pedro de Arlanza se encuentra custodiado desde su alumbramiento por la estatua ecuestre del conde Fernán González; un soberbio corcel eleva su pata delantera en plena batalla, sobre él Fernán hace frente a los sarracenos que sucumben a la maestría bélica y honorable del conde. Resulta curiosa la representación ya que González contempla con una cómplice mirada a su compañero de armas e incluso se puede sentir el palpitar de la hidalguía que solo se atreve a desprender el halo único de la Reconquista española. Caballo y jinete permanecerán esculpidos al son de solo uno, unificados y fundidos en una tremenda estatua que nos recordará por siempre, hasta que se desplome la última piedra del desangelado monasterio, quién según uno de los documentos que se conservan, fundó la joya de Arlanza en el año 912, aunque la autoría de la construcción inicial no está clara, también hay fuentes que apuntan al padre de Fernán como fundador de la abadía, así como otro documento vincula la construcción a otros familiares.

Este corazón empedrado de Arlanza también fue el escenario de una heroica justa entre un templario y las fuerzas del mal, los relatos nos hablan acerca de la construcción interrumpida del monasterio, ya que al amanecer el trabajo de la jornada anterior estaba hecho trizas, aseguraban que una sombra se cernía sobre la edificación provocando la devastación más absoluta; fue entonces cuando un honorable miembro del Temple quiso poner remedio a tal fechoría y pidió que se grabara en el pavimento un tablero de alquerque, el caballero aguardó a que el demonio se presentara y lo retó a jugar, si ganaba su recompensa sería el alma del templario y si perdía acabaría la obra y nunca volvería a molestar.
El templario le dio ventaja al demonio con una ficha en mitad del tablero, conforme avanzaba el juego el caballero veía cómo iba perdiendo, pero entonces llegó el momento de la jugada final en la que el maligno debía levantar la ficha con la que el templario le había dado ventaja y moverla, al hacerlo quedó al descubierto el símbolo mágico de Salomón, y Satanás huyó, perdiendo la partida; una más de las tantas leyendas arlantinas que estremecen a los viajeros.



Monasterio de Santo Domingo de Silos

El origen del engranaje principal que alumbró a la joya monástica se remonta al siglo VII, fue llamado San Sebastián de Silos. Este lugar ha tenido a lo largo de toda su historia un curioso baile de cese y comienzo de actividad, ya que sufrió grandes golpes maestros durante la época de la ocupación musulmana en la península ibérica; uno de los periodos con mayor esplendor fue el vivido durante el gobierno del conde Fernán González, en dicha burbuja temporal, la vida monástica cobra gran importancia resurgiendo notablemente y siendo de nuevo centro neurálgico de la más férrea cristiandad, esto duraría hasta la llegada de Almanzor, tras su muerte en 1002 el estado del monasterio era lamentable, rozando una estampa ruinosa; así permaneció anclado en el tiempo, anestesiado por el recuerdo de su gloria hasta el año 1041, Fernando I otorga una misión compleja al prior del monasterio de San Millán de la Cogolla, quien huye del soberano de Navarra, la grandeza y la luz deben volver a relucir en Silos. Así fue como el más tarde conocido como Santo Domingo, pasa a ser abad, y bajo su mano se llevan a cabo las reformas oportunas para cumplir con los deseos del rey, alzan la iglesia románica y devuelven la vida al monasterio.

Tras siglos de empedrado silencio, se decide hacer de nuevo ampliaciones en Silos y aquí llega la obra del arquitecto Ventura Rodríguez con la que muchos no están de acuerdo, ya que decide derribar la joya románica y sustituirlo por un nuevo templo que es el que hoy sigue en pie. Como huella del pasado se conserva la Puerta de las Vírgenes que abre al claustro. Una fecha trágica para el paraje fue el 17 de noviembre de 1835, cuando como consecuencia de la desamortización de Mendizábal los monjes deben abandonar Silos, el monasterio es sometido a un brutal expolio por personas de dudosa moral. Finalmente el 18 de diciembre de 1880 los monjes benedictinos de la abadía francesa de Ligugé vuelven al monumental Monasterio de Silos para dar vida a uno de los tesoros arquitectónicos de la cristiandad española que incluso sirvió de inspiración a Umberto Eco y su célebre El nombre de la rosa.



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