lunes, 29 de mayo de 2017

María Reiche, desde bruja hasta princesa

Hazañas, libros y leyendas, en ocasiones la unión de estas tres palabras forma un concepto con tal fuerza que es capaz de vencer nuestros fantasmas internos más tenebrosos, la pasión. Qué puede existir en esta vida más importante que dedicar nuestros días a nutrir esa palabra, aunque también debemos aposentar su definición entre nuestras propias jornadas, y es que querido lector, tal vez el verdadero secreto de la felicidad, ese santo grial que el ser humano trata de escudriñar desde que el mundo es mundo, se trate solo de la pasión; vivir y hacer las cosas bañando tus acciones con la verdadera fuerza del alma, el empeño de que las cosas salgan del derecho, amar tus pasos y recorrer una y mil veces aquellos momentos de los que sabes que puedes obtener la fuerza precisa para ponerte cada día en pie. Permite que te cuente en este artículo cómo una mujer desafió a cuanto mortal hizo falta para vivir su sueño, simplemente porque pensaba que ese era su destino, se lo decía su pasión, deja que te relate en estas lineas la historia de María Reiche, la Dama de la Pampa.

El nombre completo de esta mujer era Viktoria Maria Reiche Neumann, nació el 15 de mayo del año 1903 en Dresde (Alemania), primogénita del matrimonio formado por Max Felix Reiche Grosse y Ana Elizabeth Neumann Voigt, pasó su infancia acompañada por sus dos hermanos Renate y Franz. Siendo una niña, escribió un texto para un trabajo del colegio en el que anotó su destino sin saberlo, en aquellas lineas la pequeña dijo que su sueño era recorrer el mundo y vivir aventuras, cabe destacar que la niña siempre llamó la atención de una manera muy especial ya que sus pensamientos y anhelos solían destacar de lo que correspondía a lo socialmente aceptado en niños de su edad. Hizo buen uso de su acceso a una pudiente formación académica y no tardó en proyectar todos sus conocimientos en su brillante carrera matemática, estudiando también otras ramas que harían de ella una de las personas más versadas de su época.


Tras diversos problemas de carácter político que iban adquiriendo fuerza en Alemania, María decide cambiar de vida, por ello llega a Perú en el año 1932, durante dos años pasa a ser la institutriz de una adinerada familia vinculada a un cónsul alemán en Cuzco; en ese tiempo pudo disfrutar de visitar gran cantidad de paisajes locales de los que quedó completamente prendada, en ese momento empezaba a fraguarse en el corazón de María un amor por esa tierra que más tarde se convertiría en la columna vertebral de su vida. Después de trabajar para el cónsul, dedicó algunos años a la enseñanza, dando clases de distintas materias como la gimnasia y algunos idiomas; volvió a su país natal durante un año, pero en 1937 regresó de nuevo a Perú, entonces sus pasos la llevaron hasta un Tearoom, el salón de intelectuales que llevaba la inglesa Amy Meredith, una persona excepcional a la que Reiche debía gran parte de su vida, sin ella posiblemente nunca habría llegado hasta Nazca. En el salón María conoció a Julio César Tello Rojas (médico y antropólogo), pasando a formar parte de su equipo como traductora, tal empleo provocó que se cruzara en su vida el antropólogo norteamericano Paul Kosok, comenzó a hablarle de sus investigaciones en la zona sobre los sistemas de riego y de las extrañas líneas que parecían nacer de la tierra, perdidas entre el desierto, dormitando a la intemperie, y así poco a poco María se fue enamorando de la historia de esa cultura, dejándose embriagar por la esencia de los nazca, hasta que Kosok la llevó por primera vez en el año 1941 ante las famosas líneas de Nazca. Durante los siguientes años, la Segunda Guerra Mundial complicó de manera notable la vida de María Reiche, ya que su nacionalidad alemana condicionaba sus movimientos dentro de Perú, vivió dos décadas con Meredith, cuando ésta pereció a causa de un cáncer de ovario, sus pertenencias fueron heredadas por Reiche, aquello le permitió financiar parte de sus investigaciones sobre las líneas de Nazca. Colaboró en el Museo Arqueológico cuidando de las momias durante algunos años.


María consiguió vivir al lado de las líneas de Nazca, en una pequeña casita, no parecían importarle las pésimas condiciones, la poca salubridad y que no tuviera luz ni agua, nada se interponía entre ella y su pasión encomiable por resolver el misterio de Nazca, el origen y cometido de las figuras que trazaban seres para ser vistos únicamente desde cierta altura.
Empezó a ser conocida en la zona como la gringa loca, algo que no le preocupaba demasiado, ya que ella solo empleaba su tiempo en estudiar sin cesar aquellas cuestiones arqueológicas.
Era una persona sin ningún tipo de apego material, libre absolutamente de cargas físicas de esas que nos hacen ahora tan dependientes del dinero; ella misma construyó con sus propias manos la mesa de madera en la que trabajaba, tenía tan solo tres mudas de ropa que llevaba tanto en verano como en invierno, las suelas de sus zapatos estaban recubiertas con láminas de neumático para prolongar su uso y cuando le faltaba papel para plasmar sus cálculos y teorías, empleaba telas, incluyendo su propia ropa interior.
Cuando el día despuntaba, cogía todos los enseres de trabajo, sus papeles y una escoba con la que iba recorriendo cada centímetro de las figuras limpiando cualquier mota que alterara su esbozo primigenio, esto le costó el apodo de la bruja, aquella imagen de una mujer en mitad del silencio aun con la oscuridad de la noche a medio disipar, caminando con una escoba, hizo que los lugareños la tomaran con ella, hasta el punto de ser apedreada por los niños en repetidas ocasiones. Su pasión desmesurada por la tramoya que ocultaban las afamadas líneas, la llevó a realizar toda clase de hazañas para mantenerlas a salvo; entre ellas vigilar las figuras escopeta en mano durmiendo sola en pleno desierto cuando el gobierno pensó en realizar allí campos de cultivo. Con los años la comunidad científica fue apreciando su trabajo, hasta que se convirtió en una persona de admirable reputación, cambiando ya su sobrenombre por el de la Dama de la Pampa.
El glaucoma y la artritis habían menguado sus capacidades, pero no eran impedimento para la pasión de María Reiche, con una avanzada edad ella continuaba sus investigaciones, uno de sus ayudantes la llevaba cada mañana cogida a su espalda hasta las lineas, la sentaba en el suelo y casi sin poder moverse y atisbando tan solo siluetas, la Dama de la Pampa emprendía una nueva jornada de mediciones junto a sus fieles anotaciones, aunque ahora ya contaba con el respaldo económico de varios gobiernos y el aplauso científico de prestigiosos investigadores provenientes de distintos países como Alemania, Suecia y Perú. María firmó la construcción de dos torres de observación a modo de miradores para que el pueblo pudiera deleitarse con las figuras de Nazca y que a la vez no las pisaran, construcciones que alcanzaron los cuatro y ocho metros de altura, también contrató de su propio bolsillo a varios guardas para que vigilaran aquel mágico lugar.


Entre centenares de trabas y abruptos caminos, María anduvo toda su vida en un sendero de dificultades sólidas, quizás justamente por ello se ganó el corazón de muchas personas, hacía de su entusiasmo la gasolina necesaria que alimentaba aquella pasión por el tesoro de Nazca día a día, cuando vio por primera vez la figura bautizada como el mono, Reiche sintió una conexión muy especial que interpretó como una señal casi divina, y es que el primate tiene en una mano cinco dedos y en la otra cuatro, algo que coincidía con el físico de la mujer; cuando ella llegó a Cuzco se pinchó con una espina venenosa que le provocó una gran infección en su dedo y finalmente le tuvo que ser amputado. Este guiño marcó su vida tanto que dedicó medio siglo a descubrir todo cuanto pudo de aquellos misteriosos dibujos. Allí estaba ella, sin dinero, pero con tal ilusión que conseguía transmitir sus ganas de trabajar, así fue como consiguió que le dejaran una vieja camioneta y una gran escalera para poder ver las lineas y estudiarlas. Finalmente, tras emplear todos los medios posibles en respaldar su teoría de que las líneas de Nazca componían un calendario astronómico encaminado hacia el mundo agrícola, la Dama de la Pampa cerró los ojos por última vez el 8 de junio de 1998.
Junto a su tumba se encuentra el actual Museo de Maria Reiche, concretamente en el kilómetro 421,3 de la carretera Panamericana Sur, San José; en él se puede ver gran parte de su obra, planos, fotos, notas y enseres despiertan cada mañana para impedir que el legado de María quede en el olvido. Una mujer única, que llegó a Perú con la mente clara, alimentada por la ciencia y que murió teniendo en su corazón la certeza de que era la reencarnación de una princesa Inca, destinada en esta vida a realizar todo lo posible para que el mundo conociera las magnas líneas de Nazca. María Reiche, la Princesa de Nazca.


"Tengo definida mi vida hasta el último minuto de mi existencia. El tiempo será poco para estudiar la maravilla que encierran las pampas de Nazca, allí moriré".
-María Reiche-

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